GUY DE MAUPASSANT NOS DESCRIBE EL MONTE SAINT-MICHEL Y ALGUNAS CARACTERÍSTICAS DEL ARTE GÓTICO EN SU OBRA «EL HORLA»

Nacido en Francia en la segunda mitad del S. XII, el arte gótico se extiende por gran parte de Europa donde, con características diferenciadoras propias de cada país, imperará hasta la llegada del Renacimiento.Mont Saint-Michel

El gótico es un arte fundamentalmente urbano ya que no sólo coincide con el resurgir de las ciudades, sino con el desarrollo de la burguesía y de las universidades.

En el siguiente texto, extraído de la obra El Horla, Guy de Maupassant no solo nos describe el monte Saint-Michel, declarado patrimonio de la humanidad de la Unesco, sino que apunta algunas de las características del arte gótico reflejadas en su abadía.

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2 de julio

R gótica

egreso. Estoy restablecido. Además, he hecho una excursión encantadora. He visitado el monte Saint-Michel, que no conocía.

¡Qué hermosa visión se tiene al llegar a Avranches, como llegué yo al caer la tarde! La ciudad se halla sobre una colina; y me llevaron al jardín público, situado en un extremo de la población. No pude evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se extendía ante mis ojos hasta perderse de vista, entre dos costas lejanas que se esfumaban en medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía amarilla, bajo un dorado cielo despejado, se elevaba un monte extraño, sombrío y puntiagudo en medio de las arenas. El sol acababa de ocultarse, y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de esa fantástica roca que lleva en su cima un fantástico monumento.

Le Horla-PortadaAl amanecer me dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a medida que me acercaba veía elevarse gradualmente la sorprendente abadía. Después de varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedra en cuya cima se halla la pequeña población dominada por la gran iglesia. Después de subir por la calle estrecha y empinada, penetré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, con numerosos recintos de techo bajo, como aplastados por bóvedas y galerías superiores sostenidas por frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, tan ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a los cuales se sube por intrincadas escaleras, que lanzan en el cielo azul de los días, en el cielo negro de las noches sus extrañas cúpulas erizadas de quimeras, de diablos, de animales fantásticos, de flores monstruosas, y unidos entre sí por finos arcos labrados.

Cuando llegué a la cumbre, dije al monje que me acompañaba:

—¡Qué bien se debe estar aquí, padre!

Él respondió: «Hace mucho viento, señor»; y nos pusimos a conversar mientras mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía cubrirla con una coraza de acero.

El monje me contó historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas.

Una de ellas me impresionó mucho. La gente de la zona, los del monte, aseguran que de noche se oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos cabras, una de voz fuerte y la otra de voz débil. Los incrédulos afirman que son los graznidos de las aves marinas que se asemejan a balidos o a quejas humanas, pero los pescadores rezagados juran haber encontrado merodeando por las dunas, entre dos mareas, alrededor de la pequeña población tan alejada del mundo, a un viejo pastor cuya cabeza nunca pudieron ver por llevarla cubierta con su capa, y que conduce, caminando delante de ellos, un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y hablan sin cesar: discuten en una lengua desconocida, después dejan de gritar de repente para balar con todas sus fuerzas.

—¿Cree usted en eso? —pregunté al monje.

—No sé —me contestó.

Yo proseguí:

—Si existieran en la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde hace mucho tiempo; ¿cómo no los habría visto usted? ¿cómo no los habría visto yo?

—¿Acaso vemos —me respondió— la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza; el viento, que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento que mata, que silba, que gime, que ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo existe.

Ante este sencillo razonamiento opté por callarme. Este hombre podía ser un sabio o tal vez un tonto. No podría afirmarlo con certeza; pero me callé. Con mucha frecuencia había pensado lo que él decía.

«El Horla», (Guy de Maupassant)

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RECURSOS

Leer y escuchar el capítulo on line en español:

http://albalearning.com/audiolibros/maupassant/elhorla-2_6.html

Leer y escuchar la obra on line en español:

http://albalearning.com/audiolibros/maupassant/elhorla.html

Leer la obra on line en francés:

https://fr.wikisource.org/wiki/Le_Horla_(recueil)/Le_Horla

Escuchar la obra on line en francés:

http://www.litteratureaudio.com/livre-audio-gratuit-mp3/maupassant-guy-de-le-horla.html

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